lunes, 25 de junio de 2012

ETAPAS 6 Y 7: TRIASCATELA-CEBREIRO-ABAMESTAS




El día de ayer fue un día de despedida, abandonaba al llegar a Cerreiro Galicia, Cerreiro era la última frontera que separaba mi tierra de Castilla y León. La noche anterior la pasé en el albergué Aitzinea, al final de Triascatela. Un albergue en el cual tuve la oportunidad de convivir durante un par de horas con grandisimas personas a las que por desgracia, nunca volveré a ver. Allí cené un buen plato de pasta al que me invitó un cura francés que se dirigía hacía Santiago, y que pude apreciar en él una fuerza tremenda, una paz espiritual, que por momentos me sobrecogía. Le comenté los motivos de mi viaje, pero no los comprendía, no comprendía como por un ideal se pudiera estar dispuesto a entregar tanto, tan solo por aspirar a un poquito de libertad. Pero le dije, que este viaje estaba haciendo mella en mí, estaba forjando un corazón al hierro líquido de la vida. Y entonces, él asintió y me abrazó. El momento de su abrazo, no se describirlo, pero sentí que el pozo seco se volvía a llenar de agua, de paz, y sentí que no quería que terminase jamás aquel abrazo...

Aquella noche dormí con pena, sabía que al día siguiente me esperaba un infierno hasta Cerreiro, un agotamiento físico y mental que no sabía si resistiría. Tan solo tenía que andar y andar, tirando de un carrito de compra donde tenía mis pertenencias, aguantando el Sol como buenamente pudiera. Por lo tanto, me costó dormir, conciliar el sueño, y por momentos me veía tele-transportado a bellas cascadas en donde el agua manaba por todo mi cuerpo, y en donde sentía la calidad voz de una mujer desconocida, bella y hermosa, acariciaba mi pecho con las yagas de sus manos, y notaba como si mi corazón re-juveneciese, como si le diese fuerzas...Notaba en mí el vacío inmenso del amor, la soledad que sentía, al verme tan solo caminando de un sitio a otro, sufriendo, tan solo por un ideal...

Al despertar, notaba como mi corazón al despedirse de los peregrinos que partían hacía Santiago se llenaba de pena, como que me hubiese gustado ir con ellos, acompañarles en la plenitud de su esperanza, Santiago...

Firmé anonimamente en el libro de visitas del albergue antes de irme, con lágrimas en los ojos, dejé testigo para corazones venideros, de que si alguien en el mañana lo leía, supiese que Alexander había estado allí, que había tratado de luchar y conquistar sus sueños, y hallar la paz y la gloria en el camino...

...

El Sol me mataba, era paso por paso, subir una cuesta interminable, cada cinco kilómetros tenía que descansar, si no me agotaba, no podía tirar más. Aunque tuviera la palestina cubriéndome la cabeza, se me hacía insoportable, apenas podía ver, mirar al paisaje para ubicarme, pues el Sol eterno lo cegaba todo, no había tregua en ese infierno. Eran la una de la mañana y aún me quedaban 10 kilómetros por recorrer. Francamente llegó un momento en el que pensé que no subiría jamás a Pedrafita de Cerreiro, que me quedaría tirado allí en el camino, y que al día siguiente amanecería mi cuerpo siendo quemado al albor de las gaitas celtas, y esparcido sobre el mar gallego, en Finisterrae...

Por un pueblo del que llaman la última frontera con el mundo, pasé sin darme cuenta, y fui a parar a otro más abajo, 4 kilómetros exactamente, en el que ninguna lengua se habla. Por lo tanto tuve que volver, regresar, subir de nuevo el camino, sufriendo la tortura de verme abrasado por el Sol, llorando de fátiga...Y al final la última frontera llamada Cerreiro se me mostró. Desde Cerreiro, un pueblo sin modernidades, en donde las gaitas y las banderas con cruces alumbraban en la oscuridad a los peregrinos que partían hacía Santiago, se podía ver Santiago, se intuía, allá a lo lejos...La gente caminaba de un lado para otro, descansaba y se preparaba para la última y más dura de las etapas, cruzar Galicia tras haber pasado Castilla...

Descansé como pude en un bar y desde ahí emití una llamada de despedida a Galicia hablando con sus gentes. Luego, en el albergue municipal me dí cuenta de que ya era un caballero, de que había sido armado en el fuego gallego, el fuego de mi tierra. Y sucedió que una infanta alemana a mi llegada al albergue, se vio sin habitación, pues la que tenía era la única que quedaba, pero claro, tenía tienda, y hubiera sido por mi parte descortés el haberla dejado en tierra. Así pues, demostrando el fuego sobre el que había sido forjado, la dí mi vale del albergue que gratuitamente había sido concedido por el párroco del lugar, y me dispuse a dormir en el parque de la iglesia en donde se curarían las heridas de mi corazón; se secarían las lágrimas de mis ojos...

...

En media madrugada lancé un beso a mi tierra, desde lo alto, en paz con el mundo, besé al cielo, y me dispuse a caminar, hoy tendría una gran pérdida...

Y con mi carrito tirando de un lado para otro, bajando por las empedradas bajadas, no paraba de salirseme la rueda derecha, cada dos por tres la colocaba, calculo unas treinta veces, pues noté que rota estaba. Así pues ya a cinco kilómetros de Abasmestas, decidí dejar el carro en un pueblo cercano y continuar con mi equipaje sobre la mochila.

Hoy ha sido una etapa corta, marcada por la pérdida del carro, y ahora me esperan 6 días con él sobre mi espalda, teniendo que madrugar más de la media dado que se me hará difícil cargar al mediodía. Y mañana me espera la etapa de Cacabelos,23,5km aproximadamente. Solo espero que se me haga amena y pueda mi cuerpo descansar en un precioso parque que hay al lado del camino.

Un saludo




















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